DERECHO ROMANO: "Emancipación y heroísmo de la mujer romana Destacado

16 Jun 2016
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DERECHO ROMANO:  "Emancipación y heroísmo de la mujer romana imagen de: marcianusmk.com
Con la institución casi exclusiva de los matrimonios sine manu, la matrona romana se vio liberada de sus tutelas y pudo ser dueña de sus decisiones. Y al hacerse dueña de sí misma, consiguió una situación de Igualdad en el matrimonio. 
 
Así pues, contrariamente a la posición generalizada de que las condiciones de vida de la época imperial eran similares a las ya caducas de los primeros siglos republicanos, hemos de decir que, en la época en que nos situamos, la mujer romana gozó de una dignidad y una autonomía similares, si no superiores, a las obtenidas por el movimiento feminista contemporáneo.  Más de un teórico del feminismo antiguo, entre ellos Musonius Rufus, había reivindicado sistemáticamente, bajo el mando de los Flavios, la igualdad intelectual y moral de los dos sexos. A finales del siglo I y comienzos del II, abundan las grandes figuras femeninas cuya fortaleza de carácter resulta digna de admiración. En el trono se suceden unas emperatrices realmente dignas de llevar, como sus maridos, el título sagrado de Augusta, que Livia no consiguió hasta la muerte del suyo. Plotina compartió tanto la gloria como las responsabilidades con Trajano, al que acompañó en la campaña contra los partos; supo traducir, o suplir, la voluntad suprema del optimus prínceps en sus últimos momentos, haciendo que su secreto sucesor, Adriano, obtuviera gracias a ella el puesto máximo del Imperio sin que se alterasen el orden y la paz. Sabina consiguió quedar al margen de los comadreos a los que eran tan dados los historiadores de la historia Augusta, desmentidos por multitud de devotas inscripciones que celebran sus buenas acciones y por las numerosas estatuas con que, en vida, se la había divinizado. Por su parte, Adriano, de quien se decía que había vivido  con ella en continua desavenencia, la rodeó de tanta consideración y deferencia que, por ofenderla, el ab epistulis Suetonio se vio privado de la noche a la mañana de su << ministerio de la pluma>>. Por su parte,  las grandes damas de la aristocracia parecen evocar los modelos imperecederos de aquellas heroínas de reinos caducos que, habiendo sido confidentes de sus esposos, implicadas en sus asuntos y su política, no quieren abandonarles cuando el peligro acecha y prefieren morir antes que dejarles solos en manos de los tiranos. 
 
En los tiempos de Tiberio, ni Sextia quiso sobrevivir a Aemilius  Scaurus, ni Paxea a Pomponius Labeo. Cuando Nerón notificó a Séneca la orden de su muerte, la joven esposa del filósofo, Paulina, se abrió las venas con su marido; y si no murió desangrada fue porque Nerón, informado de su sacrificio, ordenó impedirlo a cualquier precio, por lo que no tuvo más remedio que dejarse vendar las muñecas y curar sus heridas. El relato que nos ofrecen los Annales de esta patética escena, la imagen descrita del rostro exangüe y doliente en el que la viuda de Séneca llevó las huellas de la tragedia hasta el final de sus días, expresan la profunda emoción que inspiraba a los romanos de la época de Trajano el recuerdo ya antiguo, tras medio siglo, de este drama de amor conyugal. Tácito sintió por la lealtad de Paulina la misma admiración que su amigo Plinio el Joven por el valor que, en tiempos de Claudio, había demostrado Arria, a quien dedicó la más bella de las cartas que componen su correspondencia. 
 
Una vez más pido disculpas por mis amplias referencias a unas páginas célebres. Arria se había casado con el senador Caecina Paetus. En una circunstancia dolorosa, demostró el grado de estoica devoción del que era capaz por amor a él. Paetus estaba enfermo y también lo estaba su hijo; al parecer, los dos estaban deshauciados. Un día el joven murió. Estaba dotado de una gran belleza y una pureza espiritual no común, por lo que sus padres le querían mucho más por sus virtudes que por el simple hecho de ser su hijo. Arria preparó las exequias de su hijo y condujo el cortejo fúnebre de modo que su marido no se diera cuenta de nada. Al entrar en la habitación de Paetus, fingía que su hijo aún vivía, que se encontraba mejor; y como el padre le pidiera frecuentemente noticias, ella le respondía:  <<Ha descansado bien y ha comido con apetito>>. Y dicho esto, luchando por contener el llanto tanto tiempo ahogado, salía de la habitación y se abandonaba a su dolor. Una vez se hartaba de llorar, se secaba los ojos, se recomponía el rostro y volvía a entrar, dejando, por decirlo de algún modo, su dolor en la puerta. Con este esfuerzo sobrehumano, Arria pudo salvar a su marido de la enfermedad que le había arrebatado a su hijo. Sin embargo, más tarde no pudo evitarle el castigo imperial cuando, en el año 42 d.C., se vio implicado en el levantamiento de Scribonianus y fue arrestado ante los ojos de su mujer en Illyricum, lugar hasta donde ella lo había acompañado. Suplicó a los soldados que se la llevaran a ella también. <<Es ley – decía- que a un senador se le permita tener esclavos que le sirvan a la mesa, le vistan y le calcen; dejad, pues, que lo haga yo>>. Al ver que sus súplicas no obtenían respuesta, alquiló una barca de pesca y siguió por toda Italia a la nave en la que había sido embarcado Paetus. Pero todo fue en vano. Ya en Roma, Claudio se mostró despiadado. Entonces Arria prometió que moriría con su marido. En un principio, su yerno Thrasea puso todo su empeño en disuadirla. << ¿Consentirías  tú –decía- que si yo un día me hallara en la misma situación tu hija quisiera perecer conmigo?>> Arria no dudó un momento en su drástica respuesta: << Si mi hija hubiera vivido contigo tanto tiempo y con la misma armonía que Paetus y yo, consentiría.>>  Y para evitar nuevos intentos de disuasión, se lanzó de un salto contra el muro, se golpeó la cabeza y cayó sin conocimiento. Cuando volvió en si le dijo: << Te había prevenido que encontraría un camino, por duro que fuera, que me llevara a la muerte si tú no me dejas elegir el más fácil.>> Y cuando a Paetus le llegó la hora fatídica, sacó un puñal de su túnica, se abrió el pecho y, después de arrancar el arma de su seno, la tendió a su marido con una frase inmortal y casi divina: << Paetus, esto no hace daño.>>
 
Si insisto en estos famosos episodios es porque sus protagonistas femeninos encarnan la grandeza humana de cierto tipo de mujer de la época. Gracias a estas criaturas libres y orgullosas la Roma antigua alcanzó una de las más altas cimas morales de la humanidad, en el mismo tiempo en que recibió el bautismo de sangre de los primeros mártires del cristianismo. En el siglo II de nuestra era su memoria fue objeto de verdadero culto y su ejemplo, aunque cada vez más lejano, era imitado por muchas mujeres. Es cierto que la justicia de los emperadores de esta época evitó a las mujeres el sacrificio que la cólera de Claudio, la crueldad de Nerón o el rigor de Vespasiano impusieron a las de otro tiempo, como en el caso de Arria la Joven, víctima de este último emperador. Pero la atrocidad de la vida diaria hacía que aún estuvieran expuestas a sufrir situaciones similares; y al menos en la aristocracia, las mujeres romanas seguían sintiendo del mismo modo.
Plinio el Joven nos cuenta numerosos casos de su entorno en los que las mujeres estaban tan unidas a sus maridos que, cuando éstos iban a morir, ellas decidían desaparecer con ellos. << Un día que recorría en barca el lago Como – escribe Plinio-, un amigo mayor que yo llamó mi atención sobre una villa… que dominaba el lago. 
>> - Desde allí – me dijo- una mujer se arrojó al lago con su marido.
>> Yo le pregunté la razón. Al parecer, el marido sufría por el dolor que le producía una úlcera en los órganos genitales. Su mujer le exigió que se la dejase ver, ya que nadie le decía francamente si la herida tenía curación. Cuando la vio, supo que no había esperanza. Entonces se ató a él y juntos se tiraron al lago.>>
 
Sin duda, se trata de casos excepcionales o, si se prefiere, casos límite en los que el valor se llevaba hasta las últimas consecuencias y la virtud comenzaba a confundirse con un exceso de rigor. Pero eran muchos los matrimonios unidos por un verdadero amor, muchas las esposas sencillamente nobles y puras. En la obra de Marcial también aparece una galería de mujeres abnegadas. Claudia Rufina, << aunque descendía de bretones tatuados>>, tenía un alma realmente latina. Nigrina  <<más feliz que Evadne  o Alceste, hubiera merecido no tener que morir para probar su amor>>. El límpido espíritu de Sulpicia se traslucía en sus composiciones literarias: en ellas no mostraba el frenesí de la adivina de la Cólquida, no relataba los horrores del festín de Thyestes; sólo deleitaba con castos amores. <<Jamás mujer alguna fue más rebelde; pero jamás mujer alguna fue más púdica; nunca hubiera aceptado convertirse en la esposa de Júpiter o en la concubina de Apolo si su Calenus le hubiese sido arrebatado.>>   Del mismo modo, la sociedad femenina que gravitaba en el mundo de Plinio el Joven respiraba abnegación, distinción y honestidad. La esposa de su viejo amigo Macrinus  <<hubiera podido ser un digno ejemplo si hubiese vivido tiempo atrás: vivió con él treinta y nueve años sin tener una disputa ni un enfado, en una armonía sin sombras y en respeto mutuo>>. El mismo Plinio parece que gozó de una perfecta felicidad en su unión con su tercera mujer, Calpurnia ¡Qué elogios le dedica cuando pondera su delicadeza, su moderación y su amor, prueba absoluta de su felicidad, o cuando comenta su gusto por las letras por amor a él!  <<¡Qué angustia la embarga cuando él debe iniciar un proceso! ¡Qué alegría cuando sabe que está resuelto! Lee y relee el alegato, lo aprende de memoria. Cuando él debe hacer una lectura pública, ella le escucha tras una cortina, pendiente de cualquier señal de aprobación en la sala. Cuando él escribe versos, ella compone melodías y los canta acompañada por una cítara sin haber recibido nunca lecciones de maestro alguno; sólo el amor es su maestro, el mejor de ellos. >>   Calpurnia se nos muestra como la digna esposa de un artista, como el prototipo moderno de la compañera inseparable del gran hombre. Su colaboración, desprovista del menor rasgo de pedantería, se ve teñida por el encanto de una juventud que añade frescura, en lugar de marchitarla, a los sentimientos que experimenta por su marido y a los que éste corresponde. Tanto para uno como para otro, la más breve separación supone un verdadero suplicio. Cuando Plinio se ve obligado a alejarse, Calpurnia lo busca en sus obras, que acaricia y coloca en los lugares donde él suele estar. Cuando es Calpurnia quien se ausenta, Plinio lee una y otra vez las cartas que ella le escribe como si acabara de recibirlas. Por la noche, su vívida imagen vela sus sueños. Por el día, en las horas en que él acostumbra a estar con ella, << sus pies le llevan sin darse cuenta>> a la habitación de su mujer, y siente el corazón triste, <<como si ella le hubiera cerrado la puerta, cuando sale de la vacía habitación>>. 
 
Al leer este relato amoroso y lleno de ternura, estamos tentados a rebelarnos contra el pesimismo de La Rochefoucauld y a negar su máxima según la cual no existían matrimonios romanos felices. Pero cuando reflexionamos, nos damos cuenta de la parte de convencionalismo que entrañan estas efusivas declaraciones, algo afectadas y novelescas. En el mundo en que vivió Plinio, los matrimonios se unían más por conveniencia que por la fuerza de los sentimientos. Seguramente él eligió a su mujer del mismo modo que eligió la de su amigo Minucios Acilianus, sopesando tanto sus virtudes físicas y morales como sus lazos familiares y su situación económica; pues, según confesaba, no había por qué descuidar este último aspecto –ne id quidem praetereundum ese videtur.  Lo que posiblemente más amara en Calpurnia, era la admiración que ella demostraba por sus escritos. Tenemos la impresión, por más que él pretenda hacernos creer lo contrario, de que no le costaba mucho consolarse de las ausencias de su mujer, ocasiones que utilizaba para escribir hermosas páginas en las que se deleitaba llorando su ausencia, más por hacer literatura que por añoranza. Pues sabemos que, cuando estaban juntos, tampoco se veían mucho; al parecer hacían vida en habitaciones separadas. Hasta en la paz de su villa de Toscana Plinio buscaba, antes que nada, la soledad que necesitaba para sus continuas meditaciones. Es su secretario (notarius), y no Calpurnia, quien acude al alba junto al lecho de Plinio. Su amor conyugal, regulado por el código de <<las buenas costumbres>>, para Plinio era ante todo un asunto de cortesía social; y bien mirado, esta cortesía estaba exenta de calor y de intimidad.
 
 Recordemos, por ejemplo, las confusas cartas que envió al abuelo y a la tía de Calpurnia para aunciarles sus frustradas esperanzas de paternidad. A Calpurnius Fabatus le dice: <<Cuanto mayor fuera tu deseo de que te diéramos biznietos, mayor será el pesar al saber que tu nieta tuvo un falso alumbramiento. Ignorante en su gravidez por falta de experiencia, Calpurnia omitió todo aquello que debía haber hecho e hizo, por el contrario, todo lo que hubiera debido omitir. Ha pagado su error de un modo muy instructivo, pues ha estado a las puertas de la muerte.>> La carta a Calpurnia Hispulla varía en la forma, pero no en el contenido de sus extrañas explicaciones: <<Calpurnia ha corrido un grave peligro  -¡que esta palabra no nos traiga la desgracia!- no por su culpa, sino por culpa de su edad. De aquí su falso alumbramiento y el triste desenlace de un embarazo del que nada sabía. Ruego excuses esta desgracia ante su padre, ya que las mujeres están más preparadas para comprenderlo…>> En realidad, somos nosotros quienes no comprendemos, a menos que aceptemos que Plinio, tan atento a la educación intelectual de su joven mujer, desdeñaba cualquier otro aspecto. Su testimonio es de una frialdad que nos asusta, de un distanciamiento que parece ir contra natura. Es el revés de una libertad que se convierte en indiferencia y de una igualdad que lleva a los esposos, incluso a los más nobles, a una frialdad egoísta, cuando no a un comportamiento caprichoso y perverso.”
 
Texto tomado del libro “LA VIDA COTIDIANA EN ROMA EN EL APOGEO DEL IMPERIO” escrito por el autor Jérome Carcopino, páginas 119 a 125, Editorial  Ediciones Temas de Hoy, S.A.
 
Modificado por última vez en Jueves, 16 Junio 2016 16:11
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