Literatura y Derecho: Prestamistas Destacado

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Cualquier parecido con realidades actuales es coincidencia. La escritora australiana Coleen McCullough, presentó en su libro “El caballo de César” la siguiente conversación entre el Emperador romano y Bruto, quien –gozando en apariencia de su confianza- terminaría participando en el magnicidio.

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“-El diez por ciento a un interés simple no es beneficio suficiente –decía Bruto lastimeramente-, así que ¿cómo puede fijarse el tipo de interés ahí cuando es tan perjudicial para los comerciantes romanos?
 
      - Los comerciantes romanos que prestan a tipos más altos que ése son despreciables usureros –respondía el César-. ¡El cuarenta y ocho por ciento al interés compuesto, Bruto, es una atrocidad! Eso es lo que cobraron tus secuaces Matinio y Escapito a los salamitos de Chipre, y luego los mataron de hambre cuando no pudieron hacer frente a los pagos. Para que nuestras provincias sigan contribuyendo al bienestar de Roma deben tener una economía saneada.
 
      - No es culpa de los prestamistas el que los prestatarios acepten contratos que estipulan un tipo de interés más alto que lo acostumbrado –sostenía Bruto con la peculiar obstinación que reservaba para asuntos financieros-. Una deuda es una deuda, y ha de pagarse al interés establecido en el contrato. ¡Ahora tú has declarado ilegal este principio!
 
- Siempre debería haber sido ilegal. Eres famoso por tus epítomes, Bruto. ¿Quién, si no, habría podido reducir a dos hojas la obra completa de Tucídides? ¿Nunca has intentado reducir las Doce Tablas a una breve página? Si el mos maiorum es lo que te indujo a ponerte del lado de tu tío Catón, deberías recordar que las Doce Tablas prohíben exigir interés por un préstamo.
 
- De eso hace seiscientos años –contestaba Bruto-.
 
- Si los prestatarios aceptan préstamos en condiciones exorbitantes, no son candidatos adecuados para un préstamo, y tú lo sabes. De lo que en realidad te quejas, Bruto, es de que haya prohibido a los prestamistas romanos utilizar las tropas o lictores del gobernador para cobrar sus deudas por la fuerza –replicaba César, montando en cólera.
 
Era ésta una conversación que se repetía como mínimo una vez al día”. [1]
 
 
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[1] MCCULLOUGH, Coleen: El caballo de César. Barcelona: Ediciones B, S.H. 2002. P 18-19
Modificado por última vez en Sábado, 02 Agosto 2014 10:57
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