Literatura y Derecho: “Los dioses tienen sed” Destacado

Literatura y Derecho: “Los dioses tienen sed” rickrozoff.wordpress.com

A continuación transcribimos unos apartes de la obra “Los dioses tienen sed” de ANATOLE FRANCE[1]  en los que se describe cómo se desarrolla la la¬bor del Tribunal Revolucionario, comentario que se hace en la obra a propósito de la elección de uno de sus miembros y quien es el protagonista de la novela, Gamelin, uno de los hijos de la revolución quien acaba siendo devorado por ella misma, y paradójicamente por sentencia de ese mismo tribunal. 

“-Ciudadano, habéis sido nombrado para un cargo venerable y temerario. Me 
 
alegro de que podáis contribuir con los destellos de luz que irradia vuestra conciencia 
 
a defender la causa de un tribunal menos malo que los otros, dado que éste busca el 
 
bien y el mal, no ya en sí mismo y en esencia, sino con relación a intereses tangibles y a 
 
sentimientos manifiestos. Deberéis pronunciaros entre el odio y el amor, cosa que se hace 
 
espontáneamente, y no entre la verdad y el error, cuya dilucidación le resulta imposible 
 
al nimio conocimiento humano. Al juzgar según las leyes del corazón, no hay riesgo de 
 
equivocarse, ya que el veredicto será bueno con tal que satisfaga las pasiones que os 
 
sirven de sagrado principio. Pero, da igual, si yo fuese vuestro presidente, haría como 
 
Bridoie: que decidan los dados. En cuestiones de justicia, eso es lo más seguro.
 
 
.....La madre de Gamelin con su escarapela ya mejor ajustada a la cofia, había adoptado, 
 
de la noche a la mañana, un aire burgués, un orgullo republicano y el porte que 
 
correspondía a la madre de un miembro del Tribunal. El respeto a la justicia, en el cual 
 
había sido criada, la admiración que, desde la infancia, le inspiraban la toga y la sotana, el 
 
santo terror que le infundían esos hombres a quienes Dios les había delegado en la tierra 
 
el derecho a la vida y la muerte, esos sentimientos, la volvían augusta, venerable, y hacían 
 
un santo de ese hijo que hasta hace poco ella consideraba aún un niño. En su sencillez, 
 
concebía la continuidad de la justicia a través de la Revolución tan intensamente como los 
 
legisladores de la Convención concebían la continuidad del Estado en la mutación de los 
 
regímenes, y el Tribunal revolucionario le parecía igual en dignidad a todas las antiguas 
 
jurisdicciones que le habían enseñado a reverenciar.
 
 
El ciudadano Brotteaux sentía por el joven magistrado un interés teñido de sorpresa 
 
y una deferencia bastante forzada. Al igual que la ciudadana Gamelin, consideraba 
 
la continuidad de la justicia a través de los regímenes; pero, contrariamente a esta 
 
dama, despreciaba a los tribunales del Antiguo Régimen. No atreviéndose a expresar 
 
abiertamente su pensamiento, y no estando dispuesto a callarse, se movía en medio 
 
de tales paradojas que, a Gamelin, le costaba mucho trabajo llegar a sospecharlo de 
 
incivismo.
 
 
-El augusto Tribunal en el que muy pronto os vais a sentar -llegó a decirle una vez- ha sido 
 
instituido por el Senado francés para salvar a la República; y seguramente constituyó un 
 
acierto, por parte de nuestros legisladores, el dotar de jueces a sus enemigos. Hay en ello 
 
1 Edición de José Mayoralas. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1991, ps 120-121.
 
mucha generosidad, pero la medida es poco política. Hubiese sido más astuto, me parece, 
 
haber reducido sigilosamente a los irreconciliables y haberse ganado a los otros mediante 
 
dones o promesas. Un Tribunal juzga con lentitud y asusta más de lo que castiga: es, ante 
 
todo, ejemplar. El inconveniente que veo en el vuestro es que reconcilia a todos los que 
 
asusta, acabando por movilizar contra él una gran fracción de intereses y pasiones que 
 
desembocarán en una acción común y potente. Sembráis el miedo: y el miedo crea más 
 
héroes que el valor; ¡ojalá, ciudadano Gamelin, no tengáis que véroslas algún día con los 
 
prodigios del miedo!”.
 
 
Tomado de Revista Elementos de Juicio # 8
 
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[1] Edición de José Mayoralas. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1991, ps 120-121.
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