Personajes: Antonio Nariño

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PERSONAJES-Antonio Narino
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La oportuna traducción de la declaración francesa de los derechos del hombre y del ciudadano, su impresión y divulgación en la Nueva Granada, se constituyen en antecedentes necesarios de un clima intelectual propicio para la declaración de independencia y dista la rigidez e intransigencia del sistema entonces aplicado en nuestro territorio, su irrupción en el seno de la sociedad neogranadina, suministró a los estudiosos, amigos de la libertad, valiosos conocimientos acerca de lo que se pensaba en otras partes, y argumentos de carácter jurídico para reclamar garantías. Por tanto, bajo la óptica autoritaria de los realistas, ese impulso del conocimiento por parte de Nariño, no fue otra cosa que una expresión de rebeldía y de desorden. Una manifestación revolucionaria, un irrespeto  y un desafío. Si ello era así, era de esperar -y lo sabía Nariño-, que se activarían las alarmas entre las autoridades peninsulares, y que vendrían las retaliaciones en la forma de proceso judicial como en efecto ocurrió.
 
En razón de la denuncia del español Francisco Carrasco ante el Virrey, uno de los oidores de la Real Audiencia, Joaquín Mosquera y Figueroa, quien se consideraba enemigo de Nariño y que lo era, por lo cual ha debido declararse impedido para tomar cualquier decisión a su respecto, desencadenó la furia española contra aquel con el desenfreno propio de los seres inferiores que por casualidad quedan en posición de sojuzgar a quienes los superan. La mala fe de este personaje resultó evidente y hoy está claro que en relación con Nariño, prevaricó.
 
La denuncia de Carrasco estaba relacionada directamente con la aparición en Santa Fe de papeles impresos cuyos autores eran desconocidos, orientados principalmente a desacreditar el ejercicio que de su poder hacían las autoridades locales, genéricamente conocidos como pasquines, los cuales según el denunciante, tenían el detestable fin de exasperar los ánimos de la plebe, lisojeándola con que se quitarían los estancos, pretensión  a la que se redujo la crisis del año 81.
 
Se refería Carrasco a la Rebelión Comunera, de ese año 1781, a lo cual agregaba lo siguiente: “supe haberse celebrado Juntas en el Rosario a las que concurrieron varios de los principales sujetos de la ciudad, que en ellas se trató de fomentar una sublevación para hacerle adoptar al Reino la pretendida libertad que piensan algunos que disfrutan los franceses”.
 
Cundió la natural alarma y necesariamente vinieron las sospechas, los indicios y las investigaciones. El propio Camilo Torres fue objeto de sospecha, tuvo que aclarar su conducta pues  él -como Nariño- era muy buen lector y poseía muchos libros en lengua francesa, lo que se convirtió en una señal de conspiración. Además, era profesor de derecho civil en el colegio del Rosario y vivía en el colegio, lo que incrementaba las sospechas por cuanto ese, según las denuncias, era el lugar de reunión de los conspiradores. 
 
Nada más de lo dicho y de los testimonios consignados en el curso del proceso, así como de los sucesos posteriores, puede inferirse sin dificultad, que en el Virreinato de la Nueva Granada, existía por la época –además de una generalizada inquietud intelectual y de una tendencia juvenil a la búsqueda de la verdad filosófica y política- un clima creciente de represión y de censura que se reflejaba en el miedo de todos a las consecuencias de actos que se ven hoy tan inofensivos como el simple cruce de palabras acerca de las orientaciones nacidas del enciclopedismo y de La Ilustración. Mucho mayor recelo habría de provocar que se tradujera, como Nariño lo hizo, y que se profanara un documento de origen revolucionario como la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, cuya circulación por tanto, estaba condenada a la clandestinidad. No en vano, en una carta dirigida por Zea a Nariño, el firmante le advertía: “Cuando leas esta carta, acércate a la cocina y arrójala al fuego que lo mismo he hecho yo con la tuya”.
 
Nariño había logrado conseguir desde 1793, una imprenta, a la que denominó Patriótica, que él orientaba y que desde el punto de vista técnico contaba con la dirección de don Diego Espinosa de los Monteros, con quien colaboraban cinco o seis personas más.
 
Antonio Nariño tradujo e imprimió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1794, cuando contaba 29 años y había participado ya en numerosos encuentros intelectuales con personas de su generación, acerca de las ideas liberales en boga tanto en Europa como en América, a lo cual se agrega que dirigió publicaciones con los mismos contenidos. 
 
El original lo había tomado de la publicación efectuada en Francia por Salart de Montjoie en su Histoire de l’Assemblée Constituante- Historia de la Asamblea Constituyente-. Citando a Guillermo Hernández de Alba, El proceso a Nariño, escribió Rafael Gómez Hoyos: “Un día don Cayetano Ramírez de Arellano, Capitán de la guardia del Virrey, le presta el libro titulado Historia de la Asamblea Constituyente, impreso en París en 1790 y escrito por Salart de Montjoie. Leyéndolo en su estudio –dice Nariño- llegó al lugar donde se haya inserto el papel de la Declaración de los Derechos del Hombre, le gustó el contenido de él y deliberó traducirlo e imprimirlo”. La traducción fue hecha en diciembre de 1793. Un sábado del mismo diciembre o de enero del 94 se trasladó a su imprenta Patriótica y le dijo a Diego Espinosa de los Monteros: “compóngame vuestra merced este papel”. Todo se hizo rápidamente y a puerta cerrada. Acabada la operación, dice Nariño – que habla de cien ejemplares- como a eso de las once u once y media, tomó cuatro ejemplares que había puesto a secar al sol y habiendo encontrado en un altosano de la Catedral a don Miguel Cabal le dijo: “tengo un excelente papel, en dando un peso lo verá vuestra merced”. Se lo dio allí y entregó el papel la tarde de ese mismo día, que fue por él a casa del confesante sin que le hubiese manifestado de donde le había habido ni que hubiese sido impreso en esta ciudad.
 
El segundo ejemplar fue dado más tarde a don Luis de Riée quien recibió la confidencia acerca del origen del impreso.
 
Durante muchos meses mantuvo Nariño celosamente guardados los papeles, cauteloso y prudente, no se atrevió a propagarlos. Conocedor de la tremenda fuerza explosiva y del terrible peligro que entrañaban. Pero los acontecimientos se complican, el 18 de agosto sale el Virrey para Honda en busca del clima cálido para su salud quebrantada y en el amanecer de los días 19 y 20 aparecen fijados en parajes públicos unos pasquines subversivos. Uno de ellos tenía el siguiente contenido: “Si no quitan los estancos, si no cesa la opresión, se perderá lo ganado, tendrá fin la usurpación.” El otro pasquín de sentido jocoso y con picantes alusiones a los oidores decía: “el apuntador de la compañía de cómicos de esta ciudad, representa hoy la gran comedia: el eco, con el correspondiente sainete por octava vez: la arracacha y la respectiva tonadilla por novena ocasión, el engañabobos. Se avisará si hay o no”.
 
En los mismos días escribe la Real Audiencia al ministro de Indias: se delató al regente la impresión clandestina de un papel sedicioso y una sublevación meditada. Todo lo remitió el Virrey a la Audiencia y ésta determinó encargar a cada uno de tres ministros la formación de las causas sobre dichos tres puntos.
 
Bernardo J. Caicedo, historiador hizo por su parte la siguiente narración sobre los acontecimientos: De los dos o tres ejemplares que alcanzó a repartir y que luego quemó Nariño con todos los otros, uno fue descubierto en manos del estudiante Juan Muñoz por el oficial de reales cajas, don Francisco Carrasco, figura clásica del delator que no busca tanto servir lealmente a su amo sino recibir la paga.
Es probable que de esa copia, hubiese hecho de oídas, el Virrey Ezpeleta esta descripción del pliego. Escuchemos al Virrey:
“Las señales del impreso son hallarse en un papel grande, grueso y prieto. En cuarto y con mucha margen, todo de letra bastardilla y de tres clases, de mayor a menor, siendo la más pequeña la de una nota o espacio de edición, con que finaliza la cuarta y última hoja”.
 
Allí comenzó el calvario para don Antonio Nariño, el precursor de la independencia quien  lo recordaba en 1823 en su discurso ante el Senado:
 
“Y porque todo lo he sacrificado por amor a la Patria, ¿Se me acusa hoy? ¿Se me insulta con estos mismos sacrificios? ¿Se hace un crimen del hecho de haber publicado los derechos del hombre? ¿Y por ese crimen se ha dado lugar a que se confiscarán mis bienes, a que se hiciera pagar a mis fiadores, se arruinara mi fortuna y se dejara en la mendicidad a mi familia, a mis tiernos hijos? ¿Hay entre las personas que hoy me escuchan, hay en esta ciudad y en toda la República una sola que ignore los sucesos de estos veintinueve años? ¿Hay quien no sepa que la mayor parte de ellos los he pasado encerrado en el cuartel de caballería de esta ciudad, en el de milicias de Santa María, en el del fijo de Cartagena, en las Bóvedas de Bocachica, en el Castillo del Príncipe de La Habana, en Pasto, en el Callao de Lima, y últimamente en los Calabozos de la cárcel de Cádiz? ¿Hay quien no sepa que he sido conducido dos veces en partida de registro a España y otra hasta Cartagena? Todos lo saben, pero no saben ni pueden saber, los sufrimientos, las hambres, las desnudeces, las miserias que he padecido en estos lugares de horror, por una larga serie  de años”.
 
Cuando la actuación de Nariño respecto a la publicación y circulación del impreso con la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano llegó a conocimiento de las autoridades españolas, y como quiera que ellas estaban prevenidas por la posible existencia de una conspiración, debido a los mencionados pasquines- manuscritos que por esos mismos días habían circulado en las calles de Santafé-, se abrió proceso en su contra a partir de denuncias que sobre su supuesta tendencia subversiva se habían presentado y no hubo vacilaciones al momento de ordenar la privación de su libertad.
No solamente eso, sino que se ordenó el embargo de sus bienes y documentos, de manera sorpresiva, sin que alcanzara siquiera a entregar las cuentas a su cargo, respecto a la tesorería de diezmos, no se debe olvidar que en ese momento, El Precursor fue abandonado por sus conciudadanos e inclusive muchos abogados, por distintas razones, se negaron a defenderlo.
 
Camilo Torres, por ejemplo, mediante escrito dirigido a Nariño, el 7 de agosto de 1795, se disculpó diciendo que como abogado nuevo no podía hacerse cargo de la defensa, ya que la delicadeza y gravedad de los cargos formulados, exigía un hombre de toda instrucción y experiencia, que él no podía desempeñar con el acierto de otra pluma más diestra y ejercitada.
 
Finalmente tras la acusación de los fiscales Berrío y Blaya, fue su abogado defensor el doctor José Antonio Ricaurte, agente fiscal de lo civil de la Real Audiencia y ambos, defensor y acusado, identificados en ideas, inician su defensa jurídica. Glorioso documento que escandalizó a los oidores, aterró a las autoridades tras  marinas, causó mayores infortunios a Nariño, llevó a Ricaurte a la prisión y a la muerte y a ambos mimbó con igual rayo de gloria. No han determinado con claridad los historiadores la paternidad de este valeroso escrito, pieza jurídica y literaria de primer orden para la valoración de las ideas de la generación de fines del dieciocho, ni se han detenido a analizar su contenido político, ni su valor jurídico. Antonio Cacua Prada transcribe la exposición de Nariño en su defensa presentada a la Real Audiencia el 19 de octubre de 1795 en la cual puede leerse: “yo tenía una imprenta y mantenía a mi sueldo un impresor, vino a mis manos un libro y vino de las manos menos sospechosas que se puede imaginar, fuera de esto se me dio sin reserva, encontré en él los Derechos del hombre que yo había leído esparcidos acá y allá en infinitos libros y en los papeles públicos de la Nación. El aprecio en que aquí se tiene el espíritu de los mejores diarios en donde se encuentra a la letra los mismos pensamientos, me excito la idea de que no tendría mal expendio un pequeño impreso de los derechos del hombre trabajado por un gran número de sabios. Esto es hecho, tomo la pluma, traduzco los derechos del hombre, voime a la imprenta y usando de la confianza que para imprimir sin licencia he merecido del Gobierno, entrego delante de todos el manuscrito al impresor quien lo compuso el mismo día, y yo mandé por el papel a un muchacho de la misma imprenta en estos intermedios se me ocurrió el pensamiento de que habiendo muchos literatos en esta capital que compran a cualquier precio un buen papel, como que he visto dar una onza de oro por el prospecto de la Enciclopedia, sacaría más ganancia del impreso suponiéndolo venido de fuera y muy raro. Vuelvo  a la imprenta con esta misma idea y encerrado con el impresor tiro los ejemplares que me parecieron vendibles, cien, poco más o menos. Encargo al impresor el secreto que era regular para dar el papel por venido de España, salgo con unos ejemplares de la imprenta y encuentro al paso comprador para un ejemplar, doy otro a un sujeto y aquí paró la negociación porque un amigo me advirtió que atendidas las delicadas circunstancias del tiempo, este papel podía ser perjudicial, inmediatamente sin exigirle los fundamentos  de su corrección. No obstante de estar yo satisfecho de que todo lo que el papel contenía se ha impreso ya en Madrid y corre libremente por toda la Nación, traté de recoger los dos únicos ejemplares que andaban fuera de mi casa y quemé los otros al momento. Agrégase a esto, que pudiéndose imprimir sin licencia todo folleto que no pase de un pliego de papel de marca no era preciso para su impresión hacer uso de la confianza que merecía el Gobierno, estando el papel de los Derechos del Hombre en menos de un pliego de papel. "
 
Se instruyeron contra él tres causas. Una por fijación de pasquines, otra por connato de sedición y la tercera por haber mandado imprimir y repartido el folleto sobre los Derechos del Hombre.
 
Después de haber permanecido preso en la capital neogranadina, el intelectual santafereño fue enviado a España, junto con otros catorce jóvenes sindicados de sediciosos, si bien Nariño al arribar a Cádiz logró escapar y se dirigió a Madrid. A sabiendas a que su proceso continuaba, y en el entendido de que sería fallado en su contra, salió disfrazado de España y se trasladó a París a finales de 1796. No fue poca la actividad desplegada por El Precursor en la capital española e inclusive propagó allí mismo ideas contrarias a la subsistencia del yugo español en nuestro suelo y sostuvo reuniones con intelectuales de importancia, en especial de origen francés, pero los resultados no se cristalizaban de manera concreta. Decidió entonces trasladarse a Londres, más tampoco allí encontró resultados favorables y regresó a América, concretamente a la ciudad de Coro en Venezuela, en marzo de 1797. Tuvo que utilizar un nombre figurado, renunciar por un tiempo a su identidad y hasta disfrazarse de sacerdote para ingresar a la Nueva Granada. Pero no tardaron los españoles en conocer de su presencia en nuestro territorio y se llevó a cabo una implacable actividad de espionaje, hasta localizarlo, de manera que una vez rodeada su casa de habitación y bajo la presión constante de sus perseguidores, tuvo que entregarse a ellos, quienes lo consideraban peligroso en extremo, reduciéndolo a prisión indefinidamente en un cuartel de caballería de la ciudad. Terminado el cautiverio, volvió a su casa en medio de una gran pobreza, pues su patrimonio había sido confiscado y a pesar de todo, siguió trabajando por la causa de la libertad, lo que ocasionó una nueva orden de arresto sin fórmula de juicio, está vez proveniente del Virrey Antonio Amar y Borbón quien decidió remitirlo a Cartagena, en donde permaneció prisionero por nueve (9) meses en los calabozos del Castillo de Bocachica. De allí salió apenas en 1810, luego de los acontecimientos del 20 de julio…
 
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