Reflexión (54)

“LA ADMINISTRACIÓN DE JUSTICIA Y SUS PRINCIPIOS”

 

“Si hay algo esencial para el funcionamiento de un Estado – y con mayor razón, de un Estado Social de Derecho – es la administración de justicia. Sin ella, o cuando ella no responde a las necesidades de la población, imperan el caos, las vías de hecho y la tendencia a hacer justicia por mano propia.

 

La Constitución colombiana de 1991 plasmó un sistema de administración de justicia que tomó en buena parte de la Carta Política de 1886, pero le introdujo numerosas adiciones y modificaciones.

 

A su vez, el sistema de 1991 ha sido modificado de manera importante por la reforma constitucional denominada “equilibrio de poderes”. Una denominación que este comentarista no comparte por dos razones: 1) porque en el Derecho Constitucional moderno ya no se debe hablar de varios poderes estatales, sino de uno solo: el poder público, que es el poder del Estado, caracterizado por la soberanía y que se manifiesta por las distintas funciones que a la organización política corresponden y que por la Constitución son confiadas a las ramas y órganos en ella establecidos; 2) Porque, analizado el texto de la reforma de 2015, no se encuentra que haya dado lugar a un auténtico equilibrio entre las ramas y órganos del poder público, en cuanto no se introdujo una estructura armónica integral.

 

Ahora bien, la Constitución consagra en esta materia una serie de principios que vale la pena recordar:

 

• La administración de justicia es función pública, como lo dice el artículo 228 de la Carta. Eso significa que se cumple en interés de toda la sociedad en condiciones de igualdad; debe estar al alcance de toda persona, sin restricciones; debe ser gratuita y la responsabilidad primordial de prestar el servicio público correspondiente se radica en cabeza del Estado, aunque de modo excepcional y solamente en los términos de la Constitución y la ley, puede ser confiada transitoriamente a particulares.

• Las decisiones de la justicia son independientes. Los jueces y magistrados se deben solamente al imperio del orden jurídico. Los fallos y demás providencias se deben proferir en estricto Derecho; solamente a la luz de las normas vigentes; sin compromiso con nadie, por poderoso que sea; sin vínculo con intereses políticos, económicos, religiosos, empresariales, gremiales o de clase o grupo; sin relación de dependencia, solidaridad o representación, con el Gobierno, el Congreso u otros órganos del poder público. Tampoco debe existir en las decisiones judiciales motivación alguna de gratitud con quienes postularon o nombraron a los jueces o magistrados, quienes al posesionarse deben jurar lealtad únicamente al orden jurídico. 

• Las actuaciones judiciales son públicas, salvo las excepciones de interpretación restrictiva que señale la ley. Lo que se hace en materia de justicia debe tener lugar a la luz del día y con plena transparencia y conocimiento público. En consecuencia, por su misma naturaleza, la función judicial excluye el denominado “lobby” o “cabildeo” y las reuniones privadas entre los jueces o magistrados y las partes o interesados en los procesos, o sus abogados o representantes. Así lo contemplan, además, los reglamentos internos de las altas corporaciones. 

• Las actuaciones judiciales son permanentes. No pueden ser interrumpidas, ni suspendidas, a menos que la ley – como en el caso de la vacancia judicial – lo permita. 

• En las actuaciones judiciales debe prevalecer el Derecho sustancial. En caso de conflicto, no puede ser sacrificado el fondo por razones puramente adjetivas o de forma. Las normas procesales deben ser aplicadas, pues de lo contrario podría darse la violación del debido proceso, pero ellas no constituyen un fin en sí mismas, sino que deben ser puestas al servicio del logro de los objetivos materiales del Derecho. Ello por cuanto “ las formas no deben convertirse en un obstáculo para la efectividad del derecho sustancial, sino que deben propender por su realización “(Corte Constitucional, Sentencia T-268 de 2010).

 

Como lo expresó la Corte Constitucional en varias sentencias, entre ellas la C-029 de 1995, “cuando el artículo 228 de la Constitución establece que en las actuaciones de la Administración de Justicia “prevalecerá el derecho sustancial”, está reconociendo que el fin de la actividad jurisdiccional, y del proceso, es la realización de los derechos consagrados en abstracto por el derecho objetivo, y, por consiguiente, la solución de los conflictos de intereses. Es evidente que en relación con la realización de los derechos y la solución de los conflictos, el derecho procesal, y específicamente el proceso, es un medio.”

 

O, como también ha confirmado, “no puede el juez desconocer la justicia material por un exceso ritual probatorio que se oponga a la prevalencia del derecho sustancial” (Sentencia T-264 de 2009).

 

• Los términos procesales deben ser observados con diligencia y su incumplimiento debe ser sancionado (Art. 228).  Como lo dice el artículo 29, hace parte del debido proceso que la persona no sea sometida dilaciones injustificadas.

 

Las normas al respecto son dirigidas tanto a las partes y sus abogados como a los jueces y tribunales. En cuanto a los primeros, en el mismo proceso se tienen las negativas consecuencias de la negligencia y el descuido, y las prácticas dilatorias de algunos abogados tendrían que ser sancionadas con mayor rigor. En cuanto a los funcionarios de la administración de justicia, está previsto el poder disciplinario, que a nuestro juicio debería ser más estricto y exigente, pues se dan casos aberrantes de morosidad e incumplimiento flagrante de los términos, en absoluta contravención al perentorio mandato constitucional.

 

El funcionamiento de la administración de justicia debe ser desconcentrado y autónoma. Esto es, la actividad de la misma, no se puede desarrollar dependiendo en todo del centro. Desde el punto de vista funcional, aunque se tiene una sola administración de justicia  en el Estado unitario, se desconcentra mediante los tribunales y juzgados, de modo que hay distribución de competencias teniendo en cuenta factores como el territorio, para que la actividad de la rama judicial sea cercana al ciudadano, y no algo lejano e inalcanzable. Desde el punto de vista administrativo,  económico y financiero, la administración de justicia no debe depender del Ejecutivo, como ocurría antes de 1991, lo que llevó a crear la Sala administrativa del Consejo Superior de la Judicatura, que en 2015 (Acto Legislativo 2) fue sustituida por el Consejo de Gobierno Judicial y la Gerencia de la Rama Judicial (Art. 254 C.P.).

 

• El artículo 229  de la Constitución consagra el derecho de toda persona de acceder a la administración de justicia. Ello no solamente desde el punto de vista formal y externo – poder presentar una demanda, un memorial, un recurso – sino desde la perspectiva material que los fiscales, jueces y magistrados estudien y valoren los argumentos y pruebas, y que se resuelva de fondo, es decir, que el solicitante verdaderamente acceda a la justicia en el sentido sustancial, que desde Ulpiano significa “la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo”.

 

Este derecho ha sido catalogado como fundamental por la jurisprudencia constitucional: 

 

“El acceso a la administración de justicia, se constituye para el individuo en una necesidad inherente a su condición y naturaleza, sin él los sujetos y la sociedad misma no podrían desarrollarse y carecerían de un instrumento esencial para garantizar su convivencia armónica, como es la aplicación oportuna y eficaz del ordenamiento jurídico que rige a la sociedad, y se daría paso a la primacía del interés particular, sobre el general, contrariando postulados básicos del modelo de organización jurídica-política por el cual optó el Constituyente de 1991. Así el acceso a la administración de justicia se erige en nuestro ordenamiento superior como un derecho fundamental de los individuos, que como tal prevalece y goza de protección especial por parte del Estado. Ahora bien, la realización de dicho derecho no se agota en la posibilidad real que debe tener cualquier persona de presentar sus solicitudes o de plantear sus pretensiones ante las respectivas instancias judiciales, ese es apenas uno de los componentes de dicho derecho, el efectivo acceso a la administración de justicia, como lo ha precisado esta Corporación, se logra, “…cuando, dentro de determinadas circunstancias y con arreglo a la ley, el juez garantiza igualdad a las partes, analiza las pruebas, llega a un libre convencimiento, aplica la Constitución y la lay y, si es el caso, proclama la vigencia y realización de los derechos amenazados o vulnerados”. (Sentencia T-476 de 1998).

 

El artículo 230 de la Constitución consagra el principio según el cual los jueces en sus providencias solo están sometidos al imperio de la ley. Es la autonomía funcional del juez. Aquí la ley es entendida en sentido amplio, es decir, incluye ante todo la sujeción del juez a la Constitución. 

 

El Acto Legislativo 2 de 2015, al adicionar a la Carta Política un nuevo artículo ( el 178-A), si bien subrayó que los magistrados responden penal o disciplinariamente por sus actuaciones, en ejercicio de funciones o con ocasión de ellas, “ en todo caso, no podrá exigírseles en ningún tiempo responsabilidad por los votos y opiniones emitidos en sus providencias judiciales o consultivas, proferidas en ejercicio de su independencia funcional, sin perjuicio de la responsabilidad a que haya lugar por favorecer indebidamente intereses propios o ajenos”. En otras palabras, la independencia funcional se respeta íntegramente, pero no se puede abusar de ella para prevaricar.

 

 

Ha sostenido al respecto la Corte Constitucional: “La responsabilidad disciplinaria de jueces y magistrados no puede abarcar el campo funcional, esto es el que atañe a la autonomía en la interpretación y aplicación del derecho según sus competencias.  Por consiguiente, el hecho de proferir una sentencia judicial en cumplimiento de la función de administrar justicia no da lugar a acusación ni a proceso disciplinario alguno. Si se comprueba la comisión de un delito al ejercer tales atribuciones, la competente para imponer la sanción es la justicia penal en los términos constitucionales y no la autoridad disciplinaria. Ello resulta de la autonomía garantizada en los artículos 228 y 230 de la Constitución”. (Sentencia C-417 de 1993).

Desde luego, esa autonomía funcional no excluye la segunda instancia, la revisión y corrección por el superior jerárquico por apelación o consulta, o en virtud de la casación, ni la sujeción al precedente judicial:

“Ha reconocido la jurisprudencia constitucional que la autonomía judicial debe respetar ciertos límites al momento de interpretar y aplicar la ley. En este sentido, la actividad de los jueces estaría condicionada por: (i) la posibilidad de que el juez superior  controle la interpretación del juez inferior mediante los mecanismos procesales de apelación y consulta; (ii) el recurso de casación cuya finalidad es la unificación de la jurisprudencia nacional.  En el caso de la Corte Suprema de Justicia, la Corporación se encarga de revisar la interpretación propuesta y aplicada por los jueces y de determinar “la manera en que los jueces han de interpretar determinadas disposiciones.”; (iii) la sujeción al precedente vertical, es decir, al precedente dado por el juez superior en relación con la manera en que se ha de interpretar y aplicar una norma; y (iv) al precedente horizontal que implica el acatamiento al precedente fijado por el propio juez – individual o colegiado– en casos decididos con anterioridad”. (Sentencia T-446 de 2013).

En el mismo fallo agrega la Corte: 

“Ahora bien, es importante resaltar que la jurisprudencia ha distinguido entre precedente horizontal y precedente vertical para explicar, a partir de la estructura orgánica del poder judicial, los efectos vinculantes del precedente y su contundencia en la valoración que debe realizar en fallador en su sentencia. En este sentido, mientras el precedente horizontal supone que, en principio, un juez –individual o colegiado– no puede separarse del precedente fijado en sus propias sentencias; el precedente vertical implica que los jueces no se pueden apartar del precedente establecido por las autoridades judiciales con atribuciones superiores, particularmente por las altas cortes”.

 

Nuevas reglas han sido consagradas en la reforma constitucional de 2015 (Acto Legislativo 2) acerca de la designación de los magistrados y sobre las calidades que deben reunir.

 

En cuanto a lo primero, el nuevo texto del artículo 231 dispone que los magistrados de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado serán elegidos por la respectiva corporación, como lo venían siendo, pero ya no hay la cooptación plena –que se aplicaba antes de 1991–, ni la postulación por el Consejo Superior de la Judicatura –órgano que fue suprimido–, sino previa audiencia pública, de lista de diez elegibles enviada por el Consejo de Gobierno Judicial. A la elaboración de la lista debe preceder una convocatoria pública reglada de conformidad con la ley y adelantada por la Gerencia de la Rama Judicial. En realidad, si bien se observa, el cambio es más nominal que de fondo. 

 

En lo referente a los requisitos para ser elegido magistrado de la Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia o el Consejo de Estado y esto se aplica por extensión a la Comisión de Aforados, se modificó el numeral 4 del artículo 232. Se requiere en adelante haber desempeñado durante quince años cargos en la Rama Judicial o en el Ministerio Público, o haber ejercido con buen crédito por el mismo tiempo la profesión de abogado o la cátedra universitaria en disciplinas jurídicas en establecimientos reconocidos oficialmente. Se aclara que, para el cargo  de magistrado de La Corte Suprema de Justicia o del Consejo de Estado, la cátedra universitaria deberá haber sido ejercida en disciplinas jurídicas relacionadas con el área de magistratura a ejercer. Así, por ejemplo, en Derecho Civil, si se quiere llegar a Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia, o en Derecho Electoral si se aspira a la Sección Quinta de la Sala de la Contencioso Administrativo del Consejo de Estado.

 

Los magistrados de la Corte Constitucional, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado no podrán ser reelegidos”.

 

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REFLEXIÓN.-

23 Ene 2017
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“Es lo que llaman los populismos. Que es una palabra equívoca porque en América Latina el populismo tiene otro significado. Allí significa el protagonismo de los pueblos, por ejemplo los movimientos populares. Se organizan entre ellos… es otra cosa. Cuando oía populismo acá no entendía mucho, me perdía hasta que me di cuenta de que eran significados distintos según los lugares. Claro, las crisis provocan miedos, alertas. Para mí el ejemplo más típico de los populismos en el sentido europeo de la palabra es el 33 alemán. Después de [Paul von] Hindenburg, la crisis del 30, Alemania destrozada, busca levantarse, busca su identidad, busca un líder, alguien que le devuelva la identidad y hay un muchachito que se llama Adolf Hitler y dice “yo puedo, yo puedo”. Y toda Alemania vota a Hitler. Hitler no robó el poder, fue votado por su pueblo, y después destruyó a su pueblo. Ese es el peligro. En momentos de crisis, no funciona el discernimiento y para mí es una referencia continua. Busquemos un salvador que nos devuelva la identidad y defendámonos con muros, con alambres, con lo que sea, de los otros pueblos que nos puedan quitar la identidad. Y eso es muy grave. Por eso siempre procuro decir: dialoguen entre ustedes, dialoguen entre ustedes. Pero el caso de Alemania en el 33 es típico, un pueblo que estaba en esa crisis, que buscó su identidad y apareció este líder carismático que prometió darles una identidad, y les dio una identidad distorsionada y ya sabemos lo que pasó. ¿Las fronteras pueden ser controladas? Sí, cada país tiene derecho a controlar sus fronteras, quién entra y quién sale, y los países que están en peligro –de terrorismo o cosas por el estilo-- tienen más derecho a controlarlas más, pero ningún país tiene derecho a privar a sus ciudadanos del diálogo con sus vecinos”.
 
Respuesta del Santo Papa Francisco a la pregunta formulada por los periodistas Antonio Caño y Pablo Ordaz del diario español EL PAIS.
 
LA PREGUNTA FUE: “Tanto en Europa como en América, las consecuencias de una crisis que no acaba, el aumento de la desigualdad, la ausencia de liderazgos sólidos están dando paso a formaciones políticas que están recogiendo el malestar de los ciudadanos. Algunas de ellas –las que se dan en llamar antisistema o populistas— aprovechan el miedo de la ciudadanía a un futuro incierto para construir un mensaje de xenofobia, de odio hacia el extranjero. El caso de Trump es el más llamativo, pero ahí están también los casos de Austria e incluso Suiza. ¿Está preocupado por este fenómeno?
 
Lea la entrevista completa en este link
 
 
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“Alma mía... cómo pesan en tus alas las ausencias, 
cada día van sumando soledades indefensas; 
lejanías, avaricias, ansiedades y desvelos 
y una umbría sensación de irrealidad y desconsuelo. 
 
Alma mía... siempre en guardia vigilando mis entornos, 
día a día, mitigando los abusos y sobornos. 
Candilejas que me acosan sin clemencia con su brillo 
y que dejan una extraña sensación en mis sentidos. 
 
Alma mía... qué daría por volver a verte libre... 
sin estrías, dolorosas de misiones imposibles. 
Como antes... por delante de mis sueños y quimeras... 
Anhelante... de entregarte como fuera y donde fuera. 
 
Alma mía... cualquier día te irás yendo despacito; 
ya no mía... tu energía liberada al infinito.... 
con tus velas... portadoras de la luz a todas horas... 
sin estelas... que te duelan, como duelen las de ahora. 
 
Alma mía... son tan frías las urgencias cotidianas... 
¡qué manía... de invertir cada presente en el mañana...! 
¡Qué locura...la premura de vivir en cautiverio...! 
Ataduras...por pavura irracional a los misterios. 
 
Alma mía... cuántas veces te he dejado abandonada 
en la vía de los trenes que van sólo de pasada. 
Cicatrices... sacudidas que la vida me ha causado, 
infelices... horas grises que los años no han borrado. 
 
Alma mía... menos mal que no te entregas derrotada; 
yo diría... que es a causa de seguir enamorada. 
¡Sensiblera... soñadora... perdedora o tempestiva...! 
¡Compañera... a pesar de los pesares, sigues viva!"
 
 
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“Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
 
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
 
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en Paris en un depósito de esculturas usadas.
 
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. Ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la cuidad de Upsala. Numerosas mujeres encintas fueron arrestadas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
 
Me atrevo a pensar, que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
 
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
 
América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
 
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.
 
Discurso pronunciado por Gabriel García Márquez el 8 de diciembre de 1982 al recibir el Premio Nobel de Literatura en  Estocolmo.
 
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