REFLEXIÓN. Hoy 30 de junio de 2017, se cumplen 156 años de la publicación del último capítulo de la obra "Los Miserables" del poeta, dramaturgo y novelista francés VÍCTOR HUGO, considerado el abogado de los pobres. Destacado

30 Jun 2017
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REFLEXIÓN. Hoy 30 de junio de 2017, se cumplen 156 años de la publicación del último capítulo de la obra "Los Miserables" del poeta, dramaturgo y novelista francés VÍCTOR HUGO, considerado el abogado de los pobres. Imagen de: La Vanguardia

LIBRO OCTAVO DE LA OBRA "LOS MISERABLES". EL MAL POBREI.  Hallazgo.- “Pasó el verano y después el otoño; y llegó el invierno. Ni el señor Blanco ni la joven habían vuelto a poner los pies en Luxemburgo. Marius no tenía más que un pensamiento, volver a ver aquel dulce y adorable rostro, y lo buscaba sin cesar y en todas partes; pero no hallaba nada. No era ya el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el arriesgado provocador del destino, el cerebro que engendra porvenir sobre porvenir con la imaginación llena de planes, de proyectos, de altivez, de ideas y de voluntad. Era un perro perdido. Había caído en una negra tristeza; todo había concluido para él. El trabajo le repugnaba, el paseo lo cansaba, la soledad lo fastidiaba; la Naturaleza se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Le parecía que todo había desaparecido. Un día de aquel invierno, Marius acababa de salir de su pieza en casa Gorbeau y caminaba lentamente por la calle, pensativo y con la cabeza baja. De repente sintió un empujón en la bruma; se volvió, y vio dos jóvenes cubiertas de harapos -una alta y delgada, la otra más pequeña-, que pasaban rápidamente frente a él, sofocadas, asustadas, y como huyendo. No lo vieron y lo rozaron al pasar. Marius distinguió en el crepúsculo sus caras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus vestidos rotos y sus pies descalzos. Sin dejar de correr, iban hablando. La mayor decía en voz baja: -¡Llegaron los sabuesos, pero no pudieron pescarme! La otra respondió: -¡Los vi y disparé a rajar! Marius comprendió, a través de su jerga, que los policías habían tratado de prender a las muchachas, y ellas se habían escapado. Se escondieron un rato entre los árboles y luego desaparecieron. Marius iba ya a continuar su camino, cuando vio en el suelo a sus pies un paquetito gris, y lo recogió. -Se les habrá caído a esas pobres muchachas -dijo. Volvió atrás, pero no las encontró; creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fue a comer. Por la noche, cuando se desnudaba para acostarse, encontró en su bolsillo el paquete. Ya se había olvidado de él. Creyó que sería útil abrirlo, porque tal vez contuviera las señas de las jóvenes o de quien lo hubiera perdido. El sobre contenía cuatro cartas, sin cerrar. Todas exhalaban un olor repugnante a tabaco. La primera estaba dirigida a: "Señora marquesa de Grucheray, plaza enfrente de la Cámara de Diputados". Marius se dijo que encontraría probablemente las indicaciones que buscaba en ella, y que además, no estando cerrada la carta, era probable que pudiese ser leída sin inconveniente. Estaba concebida en estos términos: "Señora marquesa: La virtud de la clemencia y de la piedad es la que une más estrechamente a la sociedad. Dad salida a vuestros cristianos sentimientos, y dirigid una mirada de compasión a este desgraciado español víctima de la lealtad y fidelidad a la causa sagrada de la legitimidad, que no duda que vuestra honorable persona le concederá un socorro. Os saluda humildemente Álvarez, capitán español de caballería, realista refugiado en Francia, que está de viaje hacia su patria, y carece de recursos para continuar su viaje". No había señas del remitente. La segunda carta, dirigida a la señora condesa de Montverdet, estaba firmada por la señora Balizard, madre de seis hijos. Marius pasó a la tercera carta, que era, como las anteriores, una petición, y estaba firmada por Genflot, literato. Marius abrió por fin la cuarta carta, dirigida al señor bienhechor de la iglesia de Saint Jacques. Contenía las siguientes líneas: "Hombre bienhechor: Si os dignáis acompañar a mi hija, conoceréis una calamidad miserable, y os enseñaré mis certificados. Espero vuestra visita o vuestro socorro, si os dignáis darlo, y os ruego recibáis los saludos respetuosos de vuestro muy humilde y muy obediente servidor, Fabontou, artista dramático". Después de haber leído estas cuatro cartas, no se quedó Marius mucho más enterado que antes. En primer lugar, ningún firmante ponía las señas de su casa. Además, parecía que provenían de cuatro individuos diferentes, pero tenían la particularidad de estar escritas por la misma mano, en el mismo papel grueso y amarillento, tenían el mismo olor a tabaco, y aunque en ellas se había tratado evidentemente de variar el estilo, las faltas de ortografía se repetían con increíble desenfado. Marius las volvió al sobre, las tiró a un rincón, y se acostó. A las siete de la mañana del día siguiente, acababa de levantarse y desayunarse a iba a ponerse a trabajar, cuando llamaron suavemente a la puerta. Como no poseía nada, nunca quitaba la llave. -Adelante -dijo. Se abrió la puerta. -Perdón, caballero... Era una voz sorda, cascada, ahogada, áspera; una voz de viejo enronquecida por el aguardiente. Marius se volvió con presteza, y vio a una joven.

 

II.- Una rosa en la miseria.- Ante él se encontraba una muchacha flaca, descolorida, descarnada; no tenía más que una mala camisa y un vestido sobre su helada y temblorosa desnudez; las manos rojas, la boca entreabierta y desfigurada, con algunos dientes de menos, los ojos sin brillo de mirada insolente, las formas abortadas de una joven, y la mirada de una vieja corrompida; cincuenta años mezclados con quince. Uno de esos seres que son a la vez débiles y horribles, y que hacen estremecer a aquellos a quienes no hacen llorar. Un resto de belleza moría en aquel rostro de dieciséis años. Aquella cara no era absolutamente desconocida a Marius. Creía recordar haberla visto en alguna parte. -¿Qué queréis, señorita? -preguntó. La joven contestó con su voz de presidiario borracho: -Traigo una carta para vos, señor Marius. Llamaba a Marius por su nombre, no podía dudar que era a él a quien se dirigía; pero, ¿quién era aquella muchacha? ¿Cómo sabía su nombre? Le entregó una carta. Marius, al abrirla, observó que el lacre del sello estaba aún húmedo. El mensaje, pues, no podía venir de muy lejos. Leyó:

 

`Mi amable y joven vecino: "He sabido de vuestras bondades para conmigo, que habéis pagado mi alquiler hace seis meses. Os bendigo. Mi hija mayor os dirá que estamos sin un pedazo de pan hace dos días cuatro personas, y mi mujer enferma.

 Sí mi corazón no me engaña, creo deber esperar de la generosidad del vuestro, que se humanizará a la vista de este espectáculo, y que os dará el deseo de serme propicio, dignándoos prodigarme algún socorro.

VUESTRO, JONDRETTE P. D.

 

Mi hija esperará vuestras órdenes, querido señor Marius ". Esta carta era como una luz en una cueva. Todo quedó para él iluminado de repente. Porque ésta venía de dónde venían las otras cuatro. Era la misma letra, el mismo estilo, la misma ortografía, el mismo papel, el mismo olor a tabaco. Había cinco misivas, cinco historias, cinco nombres, cinco firmas y un solo firmante. Todos eran Jondrette, si es que el mismo Jondrette se llamaba efectivamente de este modo. Ahora veía todo claro. Comprendía que su vecino Jondrette tenía por industria, en su miseria, explotar la caridad de las personas benéficas, cuyas señas se proporcionaba; que escribía bajo nombres supuestos a personas que juzgaba ricas y caritativas, cartas que sus hijas llevaban. Marius comprendió que aquellas desgraciadas desempeñaban además no sé qué sombrías ocupaciones, y que de todo esto había resultado, en medio de la sociedad humana, tal como está formada, dos miserables seres que no eran ni niñas, ni muchachas, ni mujeres, especie de monstruos impuros o inocentes producidos por la miseria. Sin embargo, mientras Marius fijaba en ella una mirada admirada y dolorosa, la joven iba y venía por la buhardilla con una audacia de espectro. Y como si estuviese sola, tarareaba canciones picarescas que en su voz gutural y ronca sonaban lúgubres. Bajo aquel velo de osadía, asomaba a veces cierto encogimiento, cierta inquietud y humillación. El descaro, en ocasiones, tiene vergüenza. Marius estaba pensativo, y la dejaba hacer. Se aproximó a la mesa. -¡Ah! -exclamó-, ¡tenéis libros! Yo también sé leer. Y cogiendo vivamente el libro que estaba abierto sobre la mesa, leyó con bastante soltura: "...del castillo de Hougomont, que está en medio de la llanura de Waterloo..." Aquí suspendió su lectura. -¡Ah! Waterloo; lo conozco. Es una batalla de hace tiempo. Mi padre sirvió en el ejército. Nosotros en casa somos muy bonapartistas. Waterloo fue contra los ingleses, yo sé. Y dejó el libro, cogió una pluma, y exclamó: -También sé escribir. Mojó la pluma en el tintero. y se volvió hacia Marius: -¿Queréis ver? Mirad, voy a escribir algo para que veáis. Y antes que Marius hubiera tenido tiempo de contestar, escribió sobre un pedazo de papel blanco que había sobre la mesa: Los sabuesos están ahí. Luego, arrojando la pluma, añadió: -No hay faltas de ortografía, podéis verlo. Mi hermana y yo hemos recibido educación. Luego consideró a Marius, su rostro tomó un aire extraño, y dijo: -¿Sabéis, señor Marius, que sois un joven muy guapo? Y al mismo tiempo se les ocurrió a ambos la misma idea, que a ella la hizo sonreír, y a él ruborizarse. -Vos no habéis reparado en mí -añadió ella-, pero yo os conozco, señor Marius. Os suelo encontrar aquí en la escalera y os veo entrar algunas veces en casa del viejo Mabeuf. Os sienta bien ese pelo rizado. -Señorita -dijo Marius con su fría gravedad-, tengo un paquete que creo os pertenece. Permitid que os lo devuelva... Y le alargó el sobre que contenía las cuatro cartas. Palmoteó ella de contento y exclamó: -Lo habíamos buscado por todas partes. ¿Luego erais vos con quien tropezamos al pasar ayer noche? No se veía nada. ¡Ah, ésta es la de ese viejo que va a misa! Y ya es la hora. Voy a llevársela. Tal vez nos dará algo con qué poder almorzar. Esto hizo recordar a Marius lo que aquella desgraciada había ido a buscar a .su casa. Registró su chaleco y no halló nada. La joven continuó su charla. -A veces salgo por la noche. Otras no vuelvo a casa. Antes de vivir aquí, el otro invierno, vivíamos bajo los arcos de los puentes. Nos estrechábamos unos contra otros para no helarnos. Marius, a fuerza de buscar y rebuscar en sus bolsillos, había conseguido reunir cinco francos y dieciséis sueldos. Era todo cuanto en el mundo tenía. "Mi comida de hoy -pensó-; mañana ya veremos." Y guardando los dieciséis sueldos, dio los cinco francos a la joven. Esta cogió la moneda a hizo un profundo saludo a Marius. -Buenos días, caballero -dijo-, voy a buscar a mi viejo.

 

III. La ventanilla de la providencia.-  Hacía cinco años que Marius vivía en la pobreza, en la desnudez, en la indigencia; pero entonces advirtió que aún no había conocido la verdadera miseria. La verdadera miseria era la que acababa de pasar ante sus ojos. Marius hasta casi se acusó de los sueños de delirio y pasión que le habían impedido hasta aquel día dirigir una mirada a sus vecinos. Todos los días, a cada instante, a través de la pared, les oía andar, ir, venir, hablar, y no los escuchaba. Sentía que esas criaturas humanas, sus hermanos en Jesucristo, agonizaban inútilmente a su lado sin que él hiciera nada por ellos. Parecían, sin duda, muy depravados, muy corrompidos, muy envilecidos, hasta muy odiosos; pero son escasos los que han caído y no se han degradado. Además, ¿no es cuando la caída es más profunda que la caridad debe ser mayor? Sin saber casi lo que hacía, examinaba la pared; de pronto se levantó: acababa de observar hacia lo alto, cerca del techo, un agujero triangular, resultado de tres listones que dejaban un hueco entre sí. Faltaba la mezcla que debía llenar aquel hueco, y subiendo sobre la cómoda, se podía ver por aquel agujero la buhardilla de los Jondrette. La conmiseración debe tener también su curiosidad. Aquel agujero formaba una especie de trampilla. Permitido es mirar el infortunio para socorrerlo. -Veamos, pues, lo que son esa gente -se dijo Marius-, y lo que hacen. Escaló la cómoda, y miró.

 

 

IV.- La fiera en su madriguera.- Marius era pobre, y su cuarto era pobre; pero su pobreza era noble y su buhardilla era limpia. El tugurio en que su mirada se hundía en aquel momento era abyecto, sucio, fétido, infecto, tenebroso y sórdido. Por todo amoblado una silla de paja, una mesa coja, algunos viejos tiestos, y en dos rincones dos camastros indescriptibles. Por toda claridad, una ventanilla con cuatro vidrios, adornada de telarañas. Por aquel agujero entraba la luz suficiente para que una cara de hombre pareciera la faz de un fantasma. Cerca de la mesa, sobre la cual Marius divisaba pluma, tinta y papel, estaba sentado un hombre de unos sesenta años, pequeño, flaco, pálido, huraño, de aire astuto, cruel a inquieto: un bribón repelente. Escribía, probablemente, alguna carta como las que Marius había leído. Una mujer gorda, que lo mismo podría tener cuarenta años que ciento, estaba acurrucada cerca de la chimenea. Tampoco ella tenía más traje que una camisa y un vestido de punto, remendado con pedazos de paño viejo. Un delantal de gruesa tela ocultaba la mitad del vestido. Era una especie de gigante al lado de su marido. En uno de los camastros, Marius entrevió a una muchacha larguirucha, sentada, casi desnuda, con los pies colgando; era la hermana menor, sin duda, de la que había estado en su cuarto. Tendría unos catorce años. Marius, con el corazón oprimido, iba a bajarse de su observatorio, cuando un ruido atrajo su atención, y lo obligó a permanecer en el sitio que estaba. La puerta del desván acababa de abrirse bruscamente. La hija mayor apareció en el umbral. Llevaba puestos gruesos zapatos de hombre, manchados de barro, y estaba cubierta con una vieja manta hecha jirones, que Marius no le había visto una hora antes, pero que probablemente dejaría a la puerta para inspirarle más piedad, y que sin duda había recogido al salir. Entró, cerró la puerta tras sí, se detuvo para tomar aliento, porque estaba muy fatigada, y luego gritó con expresión de triunfo y de alegría: -¡Viene! El padre volvió los ojos; la madre la cabeza; la chica no se movió. ¿Quién? -preguntó el padre. -El viejo de la iglesia Saint Jacques. -¿Segura? -Segura. Viene en un coche de alquiler. -¡En coche! ¡Es Rothschild! El padre se levantó. -¿Con que estás segura? Pero si viene en coche, ¿cómo es que has llegado antes que él? ¿Le diste bien las señas? ¡Con tal que no se equivoque! ¿Qué ha dicho? -Me ha dicho: "Dadme vuestras señas. Mi hija tiene que hacer algunas compras, tomaré un carruaje, y llegaré a vuestra casa al mismo tiempo que vos". -¿Y estás segura de que viene? -Viene pisándome los talones. El hombre se enderezó; había una especie de iluminación en su rostro. -Mujer gritó-, ya lo oyes. Viene el filántropo. Apaga el fuego. La madre estupefacta no se movió. El padre, con la agilidad de un saltimbanqui, agarró un jarro todo abollado que había sobre la chimenea, y arrojó el agua sobre los tizones. Luego dirigiéndose a su hija mayor: -Quítale el asiento a la silla -añadió. Su hija no comprendió. Cogió la silla, y de un talonazo le quitó, o mejor dicho le rompió el asiento. Su pierna pasó por el agujero que había abierto. Al retirarla, preguntó a la muchacha: -¿Hace frío? -Mucho. Está nevando. Se volvió él padre hacia la hija menor, y le gritó con voz tonante: -¡Pronto! Fuera de la cama, perezosa; nunca servirás para nada. Rompe un vidrio. La niña se levantó tiritando. -¡Rompe un vidrio! -repitió él-. ¿No me oyes? Te digo que rompas un vidrio. La niña, con una especie de obediente pavor, se alzó sobre la punta de los pies y pegó un puñetazo en uno de los vidrios, el cual se rompió y cayó con estrépito. -¡Bien! -dijo el padre. Su mirada recorría rápidamente los rincones del desván. Se diría que era un general haciendo los últimos preparativos en el momento en que va a comenzar la batalla. Mientras tanto se oyeron sollozos en un rincón. -¿Qué es eso? -preguntó el padre. La hija menor, sin salir de la sombra en que se había guarecido, enseñó su puño ensangrentado. Al romper el vidrio se había herido; había ido a colocarse cerca del camastro de su madre, y allí lloraba silenciosamente. La madre se levantó y gritó: -¡No haces más que tonterías! Al romper ese vidrio la niña se ha cortado la mano. -¡Tanto mejor! -dijo el hombre-. Es lo que quería. -¿Cómo tanto mejor? -replicó la mujer. -¡Calma! -replicó el padre-. Suprimo la libertad de prensa. Y desgarrando la camisa de mujer que tenía puesta, sacó de ella una tira de tela, con la cual envolvió el puño ensangrentado de la niña. Miró a su alrededor. Un viento helado silbaba al pasar por el vidrio quebrado. Todo tiene un aspecto magnífico -murmuró-. Ahora podemos recibir al filántropo”.

 

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