Reflexión (60)

 

“En París el hombre honrado es el que se calla y se niega a la parte. No me refiero a esos pobres ilotas que son en todas partes los burros de carga, sin que jamás les recompensen sus trabajos, y a los que yo llamo la cofradía de las chancletas de Dios. Seguro que ahí está la virtud en toda la flor de su idiotez, pero también la miseria. Desde aquí veo la cara que pondría esa buena gente si Dios nos jugase la mala pasada de no aparecer el día del Juicio Final. Así que si quiere usted hacer rápidamente fortuna, tiene que ser ya rico de por sí o parecerlo. Para enriquecerse hay que dar aquí golpes maestros.
 
Si en las diez profesiones que usted puede adoptar se encuentran diez hombres que triunfen en seguida, el público los pone de ladrones. Saque usted la conclusión. Ahí tiene la vida tal y como es. Eso no es más bonito que la cocina, eso hiede lo mismo, y hay que ensuciarse las manos si se quiere guisotear; ahora, que sepa usted limpiarse bien; esa es toda la moral de nuestra época. Si le hablo así del mundo es porque él me ha dado derecho a hacerlo; lo conozco. ¿Y cree usted que lo censuro? Nada de eso. Siempre fue así. Los moralistas no lo cambiaran nunca. El hombre es imperfecto. Es a veces más o menos hipócrita, y los tontos salen diciendo entonces que tiene o no tiene moral.
 
Yo no acuso a los ricos en favor del pueblo. ¡El hombre es el mismo arriba, en medio o abajo! Por cada millón de ese ganado de arriba, se encuentran diez tíos bravos que se ponen por encima de todo, incluso de las leyes, y de esos soy yo. Si es usted un hombre superior, camine en línea recta y con la frente alta. Pero tendrá que luchar con la envidia, la calumnia, la medianía, contra el mundo entero. Napoleón tropezó con un ministro de la Guerra que se llamaba Aubry y tuvo que enviarlo a las colonias. ¡Tómese usted el pulso! Vea si podría levantarse cada mañana con más voluntad que la víspera.
 
Tengo un amigo que me debe favores, un coronel del ejército de Loira que acaba de ingresar en la Real Guardia. Sigue mis consejos y se ha hecho ultrarealista;   no es ningún imbécil de esos que se aferran a sus opiniones. Si aún tengo algún consejo que darle a usted, angelito mío, es el de no aferrarse a sus opiniones ni a sus palabras. Cuando se las pidan, véndalas. Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que se impone el marchar siempre en línea recta, un cretino que cree en la infalibilidad. Y no hay principios, sino acontecimientos; no hay leyes, sino circunstancias, y el hombre superior adopta los acontecimientos y las circunstancias para conducirlos. Si hubiese principios y leyes fijos ¿no cambiarían de ellas los pueblos igual que nosotros cambiamos de camisas?”.
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“La guerra es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien. No reflexionar seriamente sobre todo lo que le concierne es dar prueba de una culpable indiferencia en lo que respecta a la conservación o pérdida de lo que nos es más querido; y ello no debe ocurrir entre nosotros.
 
Así pues, la regla de la utilización de la fuerza es la siguiente: si tus fuerzas son diez veces superiores a las del adversario, rodéalo; si son cinco veces superiores, atácalo; si son dos veces superiores, divídelo.
 
Si un pequeño ejército no hace una valoración adecuada de su poder y se atreve a enemistarse con una gran potencia, por mucho que su defensa sea firme, inevitablemente se convertirá en conquistado. “Si no puedes ser fuerte, pero tampoco sabes ser  débil, serás derrotado”. Los generales son servidores del Pueblo. Cuando su servicio es completo, el Pueblo es fuerte. Cuando su servicio es defectuoso, el Pueblo es débil.
 
Si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”.
 
Tomado de “EL ARTE DE LA GUERRA” de SUN TZU.
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