Reflexión (63)

Reflexión de la semana

26 Ago 2014
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“La astronomía te servirá para darte cuenta de tu propia pequeñez y de la dimensión efectiva de tus sueños y de los fantasmas que alucinan a los demás. Es un instrumento para presagiar la muerte, las horas de la eternidad y la magnitud del Paraíso. Allah nos la ha regalado para que nos percatemos de la ridícula proporción de nuestros fines, la falsía de toda promesa y la ceguera de cada corazón en el tiempo infinito y el espacio sin bordes. Todo para no morir en la vesania de creer que lo que hemos hecho es grande o perfecto, que la obra está completa o que no habrá nada que decir a los que vengan después de nosotros.
 
Aunque nos parecemos tanto en este teatro sin límites, repetimos sin cesar las mismas palabras, emprendemos las mismas acciones y cometemos los mismos pecados, que ya no queda una cosa que pudiera ser auténtica o nueva, única y delicada en el anchísimo mundo. Y todo por falta de lucidez, por estrechez de intelecto, por vanidad y desmesura. Quienes no saben cómo es el universo, sin fronteras ni edad, se imaginan que su reino lo abarca todo y que su humilde rincón es el centro de todas las cosas. Que soberbia produce la ignorancia y qué soberbia la ciencia más alta.
 
Sólo los que mirando hacia el frente ven a Dios en su ruta, contemplan las exactas proporciones del círculo del mundo y se ven allí, localizados en un ridículo punto, pronto a caer al vacío cuando los astros cambien de posición humildemente y estallen, también ellos, sin que apenas alguien se percate. Cosas mucho mayores que nosotros han perecido sin remedio ¿Qué podemos esperar los hombres?”
 
Tomado del libro "Tamerlán" de Enrique Serrano. 
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Reflexión de la semana

15 Ago 2014
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(…) Pero no son los extranjerismos el problema de más envergadura que debe afrontar quien habla o escribe para el público, sino la denuncia de los desmanes que la voz pública comete con nuestra lengua por falta de instrucción idiomática, de atención a los usos mejores y al sentido común muchas veces. Ello determina el ultraje al idioma en lo que se habla o se escribe, y la creencia de que todo sirve indiscriminadamente, incluso las invenciones, las alteraciones de lo comúnmente admitido y las ocurrencias. Abundan tanto, que constituyen una radiografía desoladora sobre la aptitud de muchos que tienen el idioma como instrumento principal de trabajo para usarlo: periodistas, abogados, profesores, políticos, publicitarios… Lo cual tiene efectos perversos sobre el habla –y la inteligencia- común, ya que frecuente y abundantemente anulan distinciones importantes (entre oír y escuchar, por ejemplo, o entre deber y deber de), o difunden vulgarismos insoportables (adelante por delante), o reducen pavorosamente nuestro caudal léxico (terminar, acabar, concluir, dar fin,  palabras sacrificadas a finalizar)… Fernando Lázaro Carreter: El nuevo dardo en la palabra, Madrid, Aguilar, 2003.

 

 

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“Para que sepas que nadie debe exponer la vida cuando no es suficientemente fuerte, porque si perece, se dirá: ‘Ha cavado su propia tumba’, y si triunfa, se dirá: ‘La suerte lo ha favorecido’. El hombre sensato hace uso de todos los recursos antes de ir a la lucha, y deja ésta para después de agotar todos los medios pacíficos a su alcance y toda la paciencia.
 
Y cuando el ministro del soberano declara la guerra para realizar un propósito que se puede alcanzar por los medios pacíficos, el soberano debe considerar que tiene a su lado un enemigo más peligroso que la propia lengua. Porque así como flaquea la lengua cuando el corazón flaquea, así también resulta equivocado el uso de la fuerza cuando el juicio que la aconseja está equivocado.  Porque tanto la fuerza como el buen juicio son indispensables en la guerra,  y ninguna de estas dos cosas puede sustituir a la otra; sin embargo,  el buen juicio tiene evidentes  ventajas sobre la fuerza, pero nada se logra con la fuerza si falta el buen juicio”.
 
Tomado del libro “CALILA  DIMNA. EL LIBRO DEL SOBERANO Y EL POLÍTICO”.
 
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“En París el hombre honrado es el que se calla y se niega a la parte. No me refiero a esos pobres ilotas que son en todas partes los burros de carga, sin que jamás les recompensen sus trabajos, y a los que yo llamo la cofradía de las chancletas de Dios. Seguro que ahí está la virtud en toda la flor de su idiotez, pero también la miseria. Desde aquí veo la cara que pondría esa buena gente si Dios nos jugase la mala pasada de no aparecer el día del Juicio Final. Así que si quiere usted hacer rápidamente fortuna, tiene que ser ya rico de por sí o parecerlo. Para enriquecerse hay que dar aquí golpes maestros.
 
Si en las diez profesiones que usted puede adoptar se encuentran diez hombres que triunfen en seguida, el público los pone de ladrones. Saque usted la conclusión. Ahí tiene la vida tal y como es. Eso no es más bonito que la cocina, eso hiede lo mismo, y hay que ensuciarse las manos si se quiere guisotear; ahora, que sepa usted limpiarse bien; esa es toda la moral de nuestra época. Si le hablo así del mundo es porque él me ha dado derecho a hacerlo; lo conozco. ¿Y cree usted que lo censuro? Nada de eso. Siempre fue así. Los moralistas no lo cambiaran nunca. El hombre es imperfecto. Es a veces más o menos hipócrita, y los tontos salen diciendo entonces que tiene o no tiene moral.
 
Yo no acuso a los ricos en favor del pueblo. ¡El hombre es el mismo arriba, en medio o abajo! Por cada millón de ese ganado de arriba, se encuentran diez tíos bravos que se ponen por encima de todo, incluso de las leyes, y de esos soy yo. Si es usted un hombre superior, camine en línea recta y con la frente alta. Pero tendrá que luchar con la envidia, la calumnia, la medianía, contra el mundo entero. Napoleón tropezó con un ministro de la Guerra que se llamaba Aubry y tuvo que enviarlo a las colonias. ¡Tómese usted el pulso! Vea si podría levantarse cada mañana con más voluntad que la víspera.
 
Tengo un amigo que me debe favores, un coronel del ejército de Loira que acaba de ingresar en la Real Guardia. Sigue mis consejos y se ha hecho ultrarealista;   no es ningún imbécil de esos que se aferran a sus opiniones. Si aún tengo algún consejo que darle a usted, angelito mío, es el de no aferrarse a sus opiniones ni a sus palabras. Cuando se las pidan, véndalas. Un hombre que se jacta de no cambiar nunca de opinión es un hombre que se impone el marchar siempre en línea recta, un cretino que cree en la infalibilidad. Y no hay principios, sino acontecimientos; no hay leyes, sino circunstancias, y el hombre superior adopta los acontecimientos y las circunstancias para conducirlos. Si hubiese principios y leyes fijos ¿no cambiarían de ellas los pueblos igual que nosotros cambiamos de camisas?”.
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