Opinion (647)

Como consta a los lectores, quien esto escribe ha sido partidario de los diálogos de paz desde antes de iniciadas en Oslo y La Habana las conversaciones entre los delegados del Gobierno y los representantes de las Farc.
 
Pero el Gobierno y el Congreso han incurrido en errores protuberantes que han terminado por malograr el proceso. Y, de unas negociaciones que han debido versar exclusivamente sobre la manera en que, mediante reglas de justicia transicional, se produjera la desmovilización de los guerrilleros, la entrega de armas, el cese del secuestro, el narcotráfico y el reclutamiento de menores, se pasó al replanteamiento general del sistema jurídico, de la administración de justicia y de la representación en el Congreso, lo que finalmente ha quedado consignado en un voluminoso borrador de acuerdo final caracterizado por el lenguaje equívoco y difícil de entender para el ciudadano común.
 
Pero no solo eso. También se ha modificado la Constitución mediante un Acto Legislativo repleto de vicios formales, que cambia de manera abrupta los procedimientos de aprobación de reformas constitucionales y de leyes y convierte al Congreso en mudo e impotente notario, sin iniciativa y sin posibilidad de debatir sobre los proyectos que se le presentan. Enmienda que además otorga al Presidente de la República unas facultades extraordinarias carentes de precisión, que él mismo se puede prorrogar por decreto, contrariando la reiterada jurisprudencia constitucional en la materia.  
 
Se convoca a un plebiscito innecesario, previa una modificación ad hoc de las reglas estatutarias, reduciendo el umbral  y dando lugar a una creciente polarización del país, hoy entregado al debate sobre  un proyecto de documento todavía no suscrito por el Jefe del Estado, desconocido para la mayoría, y cuyo denso contenido presenta muchos motivos de discrepancia e  inquietud. A tal punto que los partidarios del SÍ recomiendan a los electores no leerlo. Es decir, se les pide que lo apoyen a ciegas.
 
Hemos observado una creciente violencia verbal entre los partidarios de una y otra tendencia. Por paradoja, se busca la paz pero mediante la ofensa, la vulgaridad, el insulto, la descalificación del contrario, especialmente en las redes sociales. Los avances de la tecnología, dignos de una mejor utilización, se han convertido en vergonzosos escenarios de baja  disputa.
 
Por todo ello, resulta necesario llamar a la cordura y pedir a unos y otros que –convocado como ya está el plebiscito, gústenos o no- votemos en paz, en cualquier sentido, y nos comprometamos a aceptar con talante democrático los resultados de la votación. 
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