Opinion (692)

N. de la D.
 
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Entre el Gobierno y las Farc se había hablado hace unos meses del “desescalamiento” del conflicto armado, figura que entendimos como un preludio del cese bilateral y definitivo del fuego; como una forma de ir bajando las escalas de la guerra hacia la paz; como una paulatina disminución de los ataques de parte y parte, con el objeto de ir alcanzando unos mínimos de confianza que permitieran a los negociadores en La Habana discutir sin las interferencias generadas por las noticias de muertes y atentados.
 
Siempre hemos pensado -respetuosamente- que resulta un contrasentido estar hablando de paz cuando la guerra sigue en todo su furor. Pero ese fue el camino que escogió el Gobierno, y en él persiste.
 
Por su parte, la guerrilla no manifiesta una genuina voluntad de paz. Llevamos casi tres años desde el momento de inicio, que si no nos falla la memoria, se dio en octubre de 2012, y hasta ahora, hemos presenciado algunos  avances y muchos  retrocesos.
 
Se habló de un  "Acuerdo General para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera", pero lo estable y duradero ha sido la violencia. Más de cincuenta años de muerte y destrucción y casi tres años de conversaciones, pero en una continuada actividad violenta.
 
En diciembre del año pasado las Farc anunciaron un cese unilateral del fuego. No seguirían en ejercicio de su actividad delictiva, y se entiende que, como era unilateral -del lado de ellos y aplicable por ellos-, respetarían su palabra, en lo concerniente a sus acciones. Pero violaron esa palabra y asesinaron a once militares desprevenidos; siguieron con los reclutamientos de menores; han negado los secuestros, que continúan llevando a cabo; e insisten en la horrenda mutilación de inocentes -incluidos niños-  con las minas anti-personas.
 
El Presidente de la República, que de buena voluntad había dado orden de cesar los bombardeos sobre los campamentos de las Farc, se vio en la necesidad de reanudarlos. En días recientes han muerto numerosos  guerrilleros en varias acciones en distintos lugares del país. Quién sabe si también  jóvenes reclutados o personas secuestradas, porque las bombas no discriminan.
 
La actividad terrorista afecta -como en el caso de la voladura de la torre de energía en  Buenaventura-  a los más pobres y a los enfermos de los hospitales.
 
Se ha desatado el “escalamiento” del conflicto, al levantar las Farc el cese al fuego unilateral incumplido. ¿O debemos hablar del “desescalamiento” del proceso de paz?
 
 
 
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PUNTO DE REFERENCIA - DESESCALAMIENTO DE LA PAZ - 1 JUNIO 2015
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N. de la D.

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¿Cómo puede ser posible? El señor Jorge Pretelt decidió imponernos a todos los colombianos su presencia en calidad de Magistrado de una de las altas cortes, porque al parecer le quedan faltando asuntos por definir, en beneficio propio. Que nos parezca bien o no que se quede cínicamente sentado  en la silla de un antiguo magistrado honorable ahora deshonrada por él, es un debate que a propósito deja claro el señor Pretelt, no es asunto suyo.  El señor Pretelt necesita el tiempo que le queda para afianzar asuntos propios que en el futuro le darán la seguridad económica de un hombre adinerado y está resultando claro para los que leemos y escuchamos noticias independientes, que a este colombiano famoso por deshonesto y corrupto, le será necesario tragar saliva y obligarnos a tragarla a todos, el tiempo que le queda para lograr esa meta. 
 
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