Una serie infinita de actos infames y premeditados respecto a los cuales, a estas alturas, no se conoce toda la verdad, ni se ha hecho plena justicia. La impunidad, en muchos casos, ha sido evidente e incomprensible, a la luz de las normas del Derecho Internacional Humanitario.
Han sido impactantes las imágenes y muy dicientes los relatos de testigos y afectados, reproducidos en estos días por medios de comunicación. Naturalmente, con mayor razón, para los menores de cuarenta años, quienes no habían nacido cuando tuvieron lugar tan execrables hechos. En todo el país se palpa la tristeza. Hemos vuelto a sentir la impotencia que sentimos en esos días, cuando el presidente de la Corte, el magistrado Alfonso Reyes Echandía, formulaba una angustiosa solicitud al Gobierno Nacional: “Que cese el fuego. Es urgente que cese el fuego”. No fue escuchado ni atendido, y siguió la tragedia. En la televisión, al parecer por orden gubernamental, se dejó de informar al respecto y se transmitió un partido de fútbol.
Me preguntan mis estudiantes: ¿Fueron crímenes de lesa humanidad? No he vacilado en responder: lo fueron.
Como se ha recordado en estos días, por parte del doctor Mauricio Gaona -hijo del sacrificado magistrado Manuel Gaona Cruz-, los jueces integrantes de la Sala Constitucional se preparaban para discutir y votar sobre la ponencia que él tenía a cargo, sobre la exequibilidad de la ley aprobatoria del Tratado de Extradición, que tanto mortificaba a quienes lideraban los carteles del narcotráfico. Véase que los magistrados integrantes de esa Sala de la Corte fueron sacrificados.
Toda una enseñanza para las posteriores generaciones judiciales fueron las últimas palabras de la doctora Fanny González Franco, la primera mujer en llegar a la magistratura. Una jurista franca, valiente, directa, que no se dejó arredrar por los criminales: “Por voluntad de Dios y autoridad de la ley, vine a la Corte a administrar Justicia, en nombre de la República de Colombia, no a llorar ni a pedir clemencia. Dios está conmigo y me ayudará a conservar mi dignidad de Magistrada. Si es designio que yo muera para que se conserven inmaculadas las instituciones jurídicas y vuelva la paz a Colombia, muero pero no me doblego”.
Que no queden en el olvido, ni ella ni los demás magistrados vilmente asesinados. Fueron héroes de la Justicia, que no vacilaron en entregar sus vidas, en cumplimiento de su sagrada función y por la vigencia de las instituciones.
Reitero lo dicho en otra columna: el actual presidente de la República no debe enarbolar la bandera del M-19 sino la de Colombia, cuya dignidad representa, según la Constitución.