En el caso colombiano, un 86,7 % de simpatía de la opinión pública, es un piso político gigantesco que los militares no saben, no quieren o no pueden manejar, en tanto la refundida moral ciudadana colombiana se resiste a aceptar a asesinos, violadores, secuestradores y narcotraficantes, inmunes y discursivos desde una curul en el congreso – la voz del pueblo en democracia – con millonarias dietas que pagan campesinos, obreros, trabajadores y empleados. Ese Congreso, sus partidos políticos y la justicia, sufren de un mínimo de credibilidad, mostrando la anemia institucional del país, primer productor mundial de cocaína.
El Ejército Nacional de Colombia ha dado suficientes y duraderas pruebas de su lealtad a los principios republicanos de la democracia colombiana. Es la Institución, no empresa como dicen algunos, más querida por los colombianos. Y a lo mejor todos los persistentes escándalos semanales contra ella, son un intento por degradar ese piso político que preocupa a élites corruptas. Ha cometido errores, sí. Algunos garrafales, como el de las ejecuciones extrajudiciales que manchan la historia de su bicentenarismo. Hay casos de corrupción, sí. Entre 320 mil hombres y mujeres, algún torcido habrá. Y la puja por llegar a la cúpula de esta organización altamente jerarquizada y piramidal no está exenta de maniobrerías: si hay codazos por el poder en la Iglesia, en donde se supone que todos sus miembros están en la brega por la santidad… No son justificaciones, son explicaciones. Pero repetidamente en los últimos años, estamos oyendo a un puñado de personas con oscuros tintes políticos, hablando sobre lo que no conocen ni personal, ni histórica, ni técnicamente. Erosionan la moral de la tropa, esa que evitaron pues no pagaron su servicio militar, ni permitieron que sus hijos lo hicieran, faltaba más. Que arriesguen y entreguen su vida los pobres soldados pobres, para que ellos puedan seguir seguros, cómodos y hablando de oídas, de referencias. Aflojan los nudos para que la institución quede al garete, con armamento y todo, y vaya a parar quien sabe en qué orilla. Y esto se da en un contexto en donde, en el país y en la región, las comunidades permanecen interconectadas y (des) informadas; la rebelión eructa con creciente frecuencia; la pandemia ha sido un buen ejercicio de autoritarismo racional y las tecnologías de control social como las redes G5, tutorada además por expertos chinos, son una tentación mayor en Estados pos pandémicos quebrados, con altas tasas de desempleo, pobreza generalizada y violencia incontrolable. Muy fácilmente se puede ceder el turno a gobiernos populistas o militaristas.
Como los militares bajo banderas son incondicionales a la autoridad civil, como tiene que ser, queda la opción política de la Reserva Activa que goza por reflejo, de la simpatía y credibilidad de los activos. Desafortunadamente los Retirados siguen sin encontrar su rumbo, debido entre otras cosas, a que en un entorno político tan complicado, insisten en actuar con criterios doctrinales de unidad, jerarquía y subordinación. Los llamamientos rígidos a mantenerse en los cánones comportamentales de la milicia, deben ceder el paso a posiciones flexibles, sin negociar los principios. Rendir la vanidad de un mando ya inexistente a los azares políticos, es un requerimiento básico. Federalizar el entorno y los objetivos políticos, es una estrategia que se colige de la historia. Muchas y variadas organizaciones de Reservistas, enriquecen la discusión y atesoran conceptualmente las posibilidades políticas de la Reserva Activa. En fín, las opciones políticas están abiertas para quienes ayer portaron con orgullo el uniforme y hoy son ciudadanos con plenos derechos civiles, entre ellos el de hacer política partidista y electoral, controvertir, disentir, insubordinarse, elegir y ser elegido. Interesante perspectiva política en la pos pandemia.
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